miércoles, 28 de diciembre de 2011

Lucía.

Lucía tiene unos hermosos ojos negros que son indiscretos como vecina solterona, unas largas piernas que de niña la hacían siempre pasar las peores vergüenzas y de adulta se las envidian las mujeres  aunque no se las miren los hombres.  Lucía es morena y tiene un cabello oscuro que de origen es rizado pero que vive alisando y domando como si cambiándose el peinado lograra domarse las ideas.   Lucía es analítica como investigador de morgue y directa como autopista de peaje, es dulce pero casi no se le nota, es desconfiada de las buenas intenciones y agradecida con las buenas noticias.  Lucía tiene unos labios breves que cuando sonríen dejan descubiertos unos dientes parejos en los que ha invertido su sueldo desde el primero que ganó empeñada en lucir una hermosa sonrisa como único tesoro.

Lucía es apasionada en lo que hace y tímida ante los retos, Lucía recibe agradecida de la vida lo que va apareciendo que le explique los enredos del alma y lo comparte entusiasta con todos los que a ella se le van ocurriendo pudieran estar padeciendo del mismo mal para el que encontró un alivio.  Lucía es sociable, disfruta salir y comer fuera, cenar sushi y tomar vino, Lucía es seria cuando está poniendo atención y se sonroja como manzana cuando no puede controlar un pensamiento atrevido que se le escapa por los ojos que indiscretos la traicionan.

Lucía no se daba cuenta que él la veía,  llegaba allí como llegaba a cualquier empresa de las del listado para el día, con sus mil penas a cuestas, pensando  en el ticket del parqueo y en la cuenta del supermercado,  ella le atendía amable como atendía a todos aunque jamás dejó pasar desapercibido los modales de caballero y los ojos buenos.  Lucía le miraba temblar sin distinguir sus ansias, le miraba desde su posición laboral, le miraba como se mira al que toma las decisiones y no se percató de cuanto tartamudeaba, de las manos sudando, ni de los ojos viajando alejados de la presentación empresarial.  

Años, muchos años pasaron y Lucía siguió su doloroso camino por la batalla que emprendía cada mañana contra el mundo, unos días radiante de positivismo llegaba hasta la elevada oficina en que él se gasta la vida, él sonreía y le daba tres frases de conversación que ella siempre interpretó como  inusual cortesía. Otros, los días grises, llegaba Lucía cargando el mundo entero sobre sus hombros, callada, con la siniestra sombra de la derrota rondándole la mirada, entonces él se esforzaba, conversaba de más y sus ojos buenos se transformaban en un torrente de ternura que ella interpretaba como solidaridad.

Lucía que conocía solamente el amor en el que uno de los dos da todo y el otro lo recibe exigente,   tomó años  en distinguir el amor callado de aquel hombre discreto, lo encontró primero en la prisa por  verla, no dejó que nadie sino él la atendiera siempre, cada presentación, cada visita, siempre él.  Lo fue reconociendo en la amabilidad de sus maneras, en sus sonrisas tímidas y sus palabras temblorosas.  Una noche se descubrió a sí misma con una de aquellas sonrisas magníficas interrumpiendo la rutina de sus sueños, despertó agitada, se regaño severamente e intentó dormir de nuevo pero solo consiguió fantasear con los recuerdos, desordenados recuerdos de aquel caballero y sus combinadas corbatas de seda y sus anteojos  de marco delgado y su reloj perfecto.

Lucía se moría de miedo porque una cosa es soñar una noche con la sonrisa de un amor  tan hermoso como prohibido y otra muy distinta es tomarse un café expresso mientras te cuenta despacio de su vida como si no le estuvieran robando el tiempo a la vida que celosa espera a  que vuelvan a la realidad que les espera afuera implacable y sin disimulo posible.  Lucía terminó el café y se dejó querer como quién inocente no se entera que sonriendo con los ojos llena el ambiente de suspiros disimulados en sonrisas nerviosas.  Días, semanas pasaron mientras él pudo reconocer la puerta del alma que ella dejó abierta desde aquel mensaje en que le hizo sentir como si nada de lo demás tenía ninguna importancia solo él y sus ojos buenos, solo él  tartamudeando mientras la invitaba a comer un almuerzo, cien veces se sobó las manos en el pantalón intentando inútilmente secar el sudor indiscreto.

Lucía se chocó contra el amor y no sobrevivió, le desnudaron los ojos y le leen el alma desde el primer saludo, se le coló despacio pero firme, perdió la batalla por querer sin amor  y está al borde de la locura compartida que solo da la pasión cuando se atiza el fuego de lo secreto.   Mil sonrisas de media mañana se descubre  solita en medio del tráfico, mil dudas se espanta cada noche con una llamada que le calla los pensamientos y le alborota los sentimientos como mariposas en invernadero.

Lucía se queda sola en su cama gigante mientras él regresa a su cama compartida en donde jura que la sueña,  por eso cuando tienen el lujo de un par de horas juntos, ella le toca despacio para sellarlo, lo besa en cada centímetro del cuerpo para que ninguno de sus átomos se olvide de ella mientras cumple con su responsabilidad del amor bendito con apellido y domingo.   Lucía ya no llora mientras se baña, Lucía ya no carga el mundo sobre sus hombros, Lucía ya no lamenta los lunes, porque los lunes prometen cielo.  Lucía se chocó contra el amor y no sobrevivió,  le invadieron los sueños y  le prometen paraísos que casi siempre se cumplen.

Lucía se esconde del mundo con una soltería sin tristezas  que nunca falta quien cuestione, Lucía sabe que nada así de prohibido dura para siempre y que algún día se termina como se terminan los sueños, pero igual lo ama mientras dure porque no se deja pasar algo tan bueno, aunque se pague con lágrimas, si igual los malos amores cobran muchas lágrimas que ni siquiera desquitaron con tanta gloria.  Él casi nunca toca el tema porque el secreto le come los sesos cada día de los cinco en que se hablan, él lleva a cuestas las ganas y el horario desordenado, él la quiere como se quiere lo que no se tiene del todo, y ya se despidió de ella pensando que un día de estos, la tierra gira y aparece un buen amor que no tiene como requisito andarse escondiendo y se acaba el paraíso y queda solo el recuerdo, la satisfacción de no romper con la responsabilidad porque la familia es siempre primero y nadie quiere huir de un hogar donde no pasa nada, ni siquiera gritos, donde no se dan explicaciones ni se exige felicidad como requisito indispensable.
Lucía está viviendo el amor más grande de su vida mientras tiene que huir de sus propios pensamientos, de las preguntas de los demás y de la culpa, Lucía está viva y ese amor es su oxígeno, Lucía se chocó contra el amor y no sobrevivió.

Mientras le leo estas líneas Lucía abre grandes sus almendrados ojos oscuros y su rostro moreno se palidece por unos segundos mientras aprieta sus finos labios haciendo un puchero divino, me mira y como un hechizo cae una lágrima gorda sobre su mejilla suave, lentamente toma mi mano y la aprieta en silencio, en la copa queda aún un sorbo de vino, empina la copa y se toma la otra lágrima que alcanzó todavía caer sobre el vino, baja la copa y levanta la mirada, abre la boca en un intento de palabras pero no sale más que un suspiro, es casi un pujido, en un gesto automático pasa las manos por su cabello que hoy tiene recogido en una cola baja, sobria, casi elegante.  Me mira con sus indiscretos ojos intensos que desde su silencio agradecen la expiación de aquel pecado de amor, la liberación del peso de un secreto, el alivio que da tener un testigo.  En un hilo de voz como quién respira apenas Lucía me dice: Gracias por contarlo, gracias porque yo solo puedo vivirlo, solamente en algo habré de corregirla:  Me choqué de frente con el amor y gracias a eso sobrevivo.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Adolorida


Hoy amanecí adolorida, adolorida del cuerpo que es lo que menos duele, adolorida del alma que es muy doloroso y adolorida de las ideas que taladran implacables dentro de mi cabeza peleando por un lugar que no quiero darles, ya no quiero más historias, mucho menos una historia sin sentimientos, sin la oportunidad de pensar en una esperanza de amor libre, de amor bueno, de amor inofensivo.

Cómo haces para enfrentar la vida sin mí, cómo vas a asistir a aprender inglés sin mis ojos al otro lado del salón de clases, cómo planeas pasar por los mismos lugares sin la posibilidad de mi compañía en el asiento del copiloto, cómo? Cómo?  Enséñame por favor, porque yo también quiero protegerme del vacío que produce tu ausencia, enséñame por favor porque yo también quiero morir al optimismo de ser amada y amar así de intenso como cuando la puerta se cerraba y nuestros cuerpos tan diferentes encontraban el espacio perfecto en donde las dimensiones no tienen ninguna importancia y todo pareciera bastar.  Allí en donde ninguna de nuestras muertes nos oscurecía, allí en donde entrabamos listos para vivir el momento sin armaduras, sin las ataduras de pretender ser siempre quien sabemos que no podremos ser, solamente allí, allí en donde se vale reírse de todo, de ti, de mí y de nosotros juntos, allí donde te enseñe acerca  la piel y tú me enseñaste sobre el dominio propio.  Allí en nuestro espacio separado del mundo y sus reglas en donde el secreto no era necesario y tú aprendías a hablar y yo aprendía a callar y a esperar hasta que el universo entero se movía y otra vez coincidíamos.

Cómo haces para ver tu celular y no esperar mis besos, cómo haces para que un carro te llene, cómo haces para borrar mi rastro en tu cuerpo si yo tengo el mío plagado de tus marcas, cómo lograste desconectarte de mi alma vieja y mi cuerpo de niña,  si yo no puedo olvidarte, no puedo ignorar tus botas y tus pantalones desgastados, tu aspecto tosco y tu acento chistoso, tus manos grandes que me levantaban sin ningún esfuerzo aparente, cómo miras esas tontas caricaturas sin tener mis piernas enredadas en las tuyas, cómo lo logras? Cómo lo haces? Dime porque yo necesito aprender, quizá si me enseñas a aislarme de lo que amo habré aprendido la más valiosa lección en la vida y entonces en verdad dejaré de ser loca y extraña para ser solamente la mujer pequeña a la que haces gritar de pasión compartida, de energía sin límites.

Cómo dejo que el tiempo pase sin que pase nada, cómo espero mañana sin que me duela hoy, porque hoy, amanecí  adolorida, adormecida aún por el sueño de que venzamos al destino necio que nos dejó conocernos y que me dejó amarte para perderte, ummmm…..no, para no tenerte nunca, aunque fue muy bello el sueño.

Me voy y atrás dejo la esperanza de que algún día me entiendas, te dejo en libertad para que no te sientas responsable de los años que nos separan, me voy para que ya no tengas que inventar pretextos para seguir muerto en vida, me voy para que sepas que te perdono por intentar y no lograrlo, me voy tranquila aunque me duela, me voy en paz a pesar del distinto desenlace que tenía en mi mente para esta historia, me voy mi amigo, me voy pelón a donde no me persigan tus manos gigantes y tus pies enormes, me voy con mis colochos a donde no tenga que limitarme, a un amor que no le asusten mis versos, a un cariño en donde quepan los besos en cada milímetro del cuerpo, me voy para que te escondas en una guarida más grande porque aquí no cabes, aquí nunca entró tu cabeza redonda sin pelos, aquí se quedan conmigo los besos robados de labios magníficos, aquí guardaré un dulce recuerdo de lo que pudo ser y no fue, aquí me quedo yo en el mismo  pueblo de mi infierno grande, mientras te vas a viajar el mundo, cuando vuelvas sin ti, porque uno se queda exactamente en donde empieza a huir,  con gusto te devuelvo la despedida sin lágrimas, la pasión espontánea, el amor que de tanto disimular se nos miraba en los ojos.

Estoy adolorida y quisiera aprender tu técnica para no sentir, pero no puedo por más que intentaste entrenarme, perdóname por amarte sin tu permiso, por reclamarte a pesar de que siempre me advertiste que no había en tu alma espacio para el amor, perdóname por hacerte reír, perdóname por las llamadas perdidas, soy un desastre con el celular y se me pierde dentro de la cartera, perdóname por el susto, perdóname por esta carta.  Necesitaba la despedida, el reclamo, la aclaración…Hoy amanecí adolorida y me taladran implacables los recuerdos en la mente.

Tú ya te fuiste y yo quisiera saber cómo lo haces, tampoco puedo irme así, de modo que me iré a mi manera, lentamente, dulcemente, adolorida pero entera, con la lección aprendida y tus besos en la palma de mi mano, con el ruido del motor de tu carro en mi memoria auditiva, con tu juventud en mi bolsillo y las mil veces que me dijiste que tengo una cara bonita, me voy a mi modo y me resigno a que te vayas a tu manera pelón, así, sin mí y sin ti.